El cuarto de los tesoros

La siguiente metáfora fue escrita por nuestra colaboradora Magaly Molina Vega para uno de sus clientes de coaching.  Quien había dedicado gran parte de su vida a estudiar y en lo más profundo de su ser, quería transmitir a otros sus conocimientos.  El temor a que los demás pensaran que lo hacía mal, le impedía creer que era capaz de hacerlo.

Posterior a las sesiones de coaching y la lectura del cuento “El cuarto de los Tesoros”, el cliente se sintió más seguro y se atrevió a hacer aquello que quería: compartir con otros sus aprendizajes.    

Y tú ¿qué cosas quieres hacer y aún no lo has hecho?

Érase una vez en las cercanías de un gran río, había una casa en la que habitaba una joven señora llamada Julia. El lugar era perfecto para ella, pues tenía su casa justo en la ribera del río, rodeada de verdes y frondosos árboles que se extendían en la inmensidad, mientras diferentes silbidos cruzaban aleteando entre las ramas.

La casa de los tesoros

Julia tenía una habitación que ella solía llamar “El cuarto de los tesoros”. Allí guardaba objeto de diferentes formas, tamaños, colores sabores y olores. Algunos eran traídos de otras tierras, lejanas o cercanas, otros eran productos de diferentes combinaciones, que ella solía hacer, pero al fin y al cabo, todos eran muy valiosos y por eso el nombre que había dado a esa habitación.

Ella sentía la necesidad de mostrar sus tesoros a otros habitantes de la ribera, sin embargo, en ocasiones una nube negra y espesa se posaba sobre su cabeza y era tan pero tan pesada, que la hacía caer en un letargo, que la paralizaba y no le permitía ver, sentir y oír los destellos dorados de la habitación de sus tesoros.

Un día sentada frente al río y muy a pesar de la nube negra y espesa que se posaba sobre su cabeza, decidió invitar a los habitantes de la ribera para que fueran a su casa y así mostrarles sus tesoros. Ya mucho de ellos en tiempos remotos, le habían dicho que querían escucharla…

Julia debía preparar un lugar en su casa, en el que el gran ventanal permitiera que los rayos solares, juguetearán con la brisa fresca y el olor a vainilla, recorriera todos los rincones de la habitación.

Llegó el gran día, los habitantes acudieron al lugar curioso de sabiduría, ellos confiaban en que Julia les mostraría cada uno de sus tesoros y juntos podrían pasarla muy bien. Julia contaba larga y corta historias sobre el origen de sus tesoros, compartiendo con ellos conocimientos e intercambiando aprendizajes. Le era fácil lanzar palabras al viento llenas de semilla del mañana, para que llegaran justo a los oídos necesitados…y entre historias e historias, los habitantes retozaban y reflexionaban, mientras ella se extasiaba al ver sus rostros iluminados con chispas de colores, que se multiplicaban y se extendían por la ribera y mucho más allá.

Esa tarde el viento sopló tan fuerte, que hizo que los rayos dorados de Julia atravesaran aquella nube negra, para disiparse entre las aguas del río. Es así, que su casa blanca nieve y sus ventanales transparentes, dejaban desde ahora y por siempre, mostrar y valorar par sí misma y para los demás, todo lo que ella tenía para dar…

Y cuentan los habitantes de la ribera que desde aquel día, Julia ahora sabia y segura mujer, abre las puertas de su casa, cantando y danzando, elegante y sencilla a la vez, para mostrar tanto sus antiguos tesoros como sus nuevas combinaciones, de manera confiada y divertida a la orillas del río, donde verdes y frondosos árboles, se inclinan y la aplauden a su andar…

Magaly Molina Vega – Octubre 2015

 

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